lunes, 31 de diciembre de 2012

Coraza de acero.



Recién rasurado, Fulgencio se aplicó con suavidad la loción para después del afeitado y dandose unos cachetitos al rostro, miró al espejo y se regaló una sonrisa de gesto triste. Secó la cara poniendose con calma la coraza de acero y la cerró el candado sobre su pecho, dispuesto a comenzar otra dura jornada.

A su hechicera no le había dejado núnca de querer, simplemente había decidido que ya no le iba a molestar más; con el párroco de su pueblo, ya no discutía, simplemente había dejado de interesarse por él y sus argumentos; de fútbol ni hablaba, ni de frío, ni de calor, ni de coches, ni de crísis...

Disfruta sin compartir de las pequeñas cosas con los acontecimientos del día a día y sin embargo, ante el resto del mundo, Fulgencio era impasible, insensible y pasota sin límite, un testarudo, que no sabía que aún sin querer, hasta las corazas de acero podían derretirse ante un fuego mínimo pero insistente.

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