viernes, 7 de junio de 2013

Mi marido no tiene oído.

Las noches de los Sábados, fueron desde siempre "mas de lo mismo" para Txomin, al cenar con sus amigos de cuadrilla en la sociedad gastronómica. La vuelta a casa la hacía siempre de la misma manera. A eso de las tres campanadas, un sonido hartamente familiar producido por unas manos torpes y abotargadas por el alcohol hacían "tintinear" las llaves alrededor de la cerradura, luego el consabido portazo y un patear el parquet del pasillo con la respiración congestionada, hacían patente el disfrute de una cena copiosa con sus correspondientes vinos y licores. Ya era toda una rutina que incluía el ruidoso pestillo del cuarto de baño, seguido de su sonora indignidad humana, certificada por sus regüeldos y flatulencias.

Más tarde ya en el dormitorio se iba desnudando mientras caían zapatones y calderilla con una ruidosa falta de armonía... y siempre igual, en ese momento era cuando me hacía la dormida, cerraba los ojos y daba media vuelta, mientras le imaginaba con su oronda y peluda barriga y sus anacrónicos gayumbos "Ocean del 56", todo ello acompañado de olor a fritanga y a faria baboseada.

Pero la noche de éste Sábado ha sido diferente. Tan solo oí el abrir cuidadoso de la puerta "sin tintineo" de llaves. No hubo sesión en el cuarto de baño. Los pasos y el quitarse la ropa fueron dados con total delicadeza. Oí las campanadas de las cuatro, de las cinco y de las seis. Sentí el aire fresco y los fuegos artificiales, cohetes de gran intensidad, me hicieron disfrutar de su gran luminosidad y fogosidad. La gama de sensaciones de aquel colorido que sentí como núnca en mi vida. No escuché ruído alguno, tan solo susurros, bisiseos y secretos al oído. Oídas las seis campanadas, una sensación placentera de relajo se apodero de mí y tras escuchar unos pasos que se alejaban por el pasillo caí en los brazos de Morfeo.

Diez campanadas me despertaron y unos ruídos en la cocina, así que, me levanté suponiendo que Txomin estaba preparando el desayuno después de aquella noche encantada, de sonidos renovados y aaire fresco... pero ahí le ví como siempre, preparando unas alubias para comer, con su eterna camisa de cuadrod, sus ojos vidriosos de sapo glotón, el palillo entre los dientes, sin afeitar y con su eterno atocinamiento.

Se volvió hacia mí e intentando hacer una gracia mofandose de alguien dijo: -Ésta mañana, cuando entraba al portal, me he cruzado con el cretino del cerrajero.

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